
Durante las últimas décadas, el modelo energético de la península ibérica ha experimentado una transición estructural hacia fuentes de generación renovable, en gran parte porque las condiciones geográficas y climatológicas de España la proponen como un territorio idóneo para el desarrollo de estas infraestructuras limpias.
Si bien las centrales hidroeléctricas abrieron el camino en el siglo XX y los parques eólicos cobraron protagonismo a principios de los años dos mil, el desarrollo actual recae principalmente sobre las estaciones de energía solar.
Esta captación de radiación se posiciona como un vector indispensable para la descarbonización, impulsando la construcción de grandes superficies de generación que, paralelamente, plantean exigentes retos medioambientales sobre el terreno que las alberga.
Para comprender el alcance de estas instalaciones, es necesario clasificar las estaciones eléctricas solares en función de la tecnología empleada para transformar la energía primaria. En este contexto, destacan dos vertientes principales: las plantas fotovoltaicas y las centrales termosolares.
La tecnología fotovoltaica es la de mayor implantación técnica y comercial en la actualidad, impulsada por la escalabilidad industrial y la optimización de costes.
Su fundamento científico se remonta al descubrimiento del efecto fotovoltaico por parte del físico Edmond Becquerel en 1839, aunque su aplicación práctica no se materializó hasta el desarrollo de la primera célula solar en los Laboratorios Bell en 1954.
El funcionamiento de estos parques se basa en el efecto fotoeléctrico, mediante el cual los paneles, compuestos por materiales semiconductores como el silicio, reciben el impacto de los fotones solares. Esta interacción excita a los electrones y genera una corriente eléctrica continua, que posteriormente los inversores transforman en corriente alterna para su volcado a la red.
A nivel de infraestructura, estas plantas pueden concebirse como instalaciones aisladas provistas de sistemas de almacenamiento para zonas sin cobertura, como sistemas de conexión directa para la inyección total de la energía producida a la red nacional, o bien como plantas híbridas que combinan la captación solar con otras fuentes para garantizar la estabilidad del suministro.
Por otro lado, las centrales termosolares, también conocidas como termodinámicas, operan bajo un principio físico distinto. En lugar de transformar la luz de manera directa en electricidad, basan su funcionamiento en la captación y concentración del calor solar.
España mantiene una posición histórica destacada en el desarrollo de esta tecnología, albergando instalaciones pioneras principalmente en las regiones del sur peninsular.
Estas centrales emplean extensos campos de espejos direccionales, denominados heliostatos, que siguen la trayectoria solar para concentrar la radiación en un punto receptor específico, habitualmente una torre central o un circuito de tubos.
El calor extremo resultante eleva la temperatura de un fluido caloportador que, mediante un intercambiador, genera vapor de agua a alta presión para accionar una turbina acoplada a un generador eléctrico.
Frente a los sistemas fotovoltaicos convencionales, la tecnología termosolar presenta la singularidad de integrar sistemas de almacenamiento térmico mediante sales fundidas, lo que permite a la central continuar operando y generando electricidad tras la puesta del sol.

A pesar de que ambas tecnologías representan el eje de la producción energética sostenible, la construcción y explotación de estas extensas infraestructuras altera drásticamente la orografía y el equilibrio hídrico del entorno.
Uno de los problemas técnicos más preocupantes en la gestión de estos proyectos es el control de la erosión hídrica. Las superficies impermeables de los paneles fotovoltaicos y los espejos termosolares actúan como grandes planos de captación pluvial.
Durante los episodios de lluvia, las escorrentías no se distribuyen de manera uniforme, sino que se concentran y precipitan a través de las líneas de goteo de las estructuras. Este fenómeno multiplica la fuerza cinética del agua al impactar contra el suelo, lo que provoca el lavado de la capa fértil, la formación de cárcavas y movimientos de tierra que pueden descalzar las cimentaciones metálicas y comprometer la viabilidad operativa de la planta.
Ante esta problemática geomorfológica, la bioingeniería del paisaje proporciona las herramientas técnicas necesarias para estabilizar los taludes, encauzar los flujos de agua y revegetar las superficies afectadas. Es en este ámbito de especialización donde interviene Erosionzero, fabricante y consultora técnica con sede en Campotéjar, Granada (España).
Con una trayectoria de más de treinta años operando en el sector y distribuyendo históricamente la reconocida marca Bonterra, Erosionzero desarrolla y suministra sistemas avanzados para la restauración paisajística en proyectos de ámbito internacional, entre los que destacan las estaciones de energía solar, tanto fotovoltaicas como termosolares.
La estabilización de los suelos en los parques solares requiere intervenciones precisas desde la fase de movimiento de tierras. La aplicación de mantas y mallas orgánicas sobre el terreno desnudo permite disipar la energía erosiva de la lluvia, conservando la humedad edáfica y facilitando el establecimiento de la cubierta vegetal.
En áreas de pendiente pronunciada o en la estabilización de los viales internos de la planta, el uso de geoceldas y geomallas confina estructuralmente el terreno, incrementando su capacidad portante y mitigando el arrastre de sedimentos.
Paralelamente, en la gestión de las escorrentías, la construcción de drenajes sostenibles mediante la disposición de biorrollos de fibra de coco, colchones orgánicos y gaviones flexibles permite que estos elementos filtren los caudales y laminen la velocidad del agua.
Estas intervenciones físicas se complementan en ocasiones con técnicas de hidrosiembra, garantizando una rápida regeneración vegetal que actúa como barrera natural contra la degradación.
El desarrollo normativo y la exigencia de los actuales proyectos energéticos demandan mucho más que el suministro de materiales, requiriendo una asistencia técnica integral que evalúe el terreno desde las fases iniciales de ingeniería.
Gracias a una correcta planificación y ejecución de medidas para el control de la erosión en estas obras, se gana en rentabilidad a largo plazo de la instalación fotovoltaica o termosolar. Esto es así porque la eficiencia de la tecnología depende directamente de la estabilidad del suelo que la sustenta.
La verdadera transición energética no concluye con la inyección de megavatios limpios a la red, sino que exige que las infraestructuras que hacen posible esa generación se integren en el territorio sin erosionar el capital natural que pretenden preservar.
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