
El control de erosión y sedimentos requiere de soluciones orgánicas de alto rendimiento, dentro del marco la bioingeniería eficaz para la protección de suelos.
En este sentido, la ejecución de grandes infraestructuras, desde trazados ferroviarios y redes viales hasta plantas fotovoltaicas, la gestión del suelo ha dejado de ser una cuestión meramente estética para convertirse en un factor decisivo de seguridad estructural y cumplimiento normativo.
La pérdida de materiales finos y la formación de cárcavas no solo comprometen la estabilidad de los taludes, sino que pueden derivar en colmataciones de sistemas de drenaje y, consecuentemente, en sanciones administrativas severas que lastran la rentabilidad de cualquier proyecto.
Desde la experiencia técnica acumulada en Objetivo Erosionzero, entendemos que la primera línea de defensa tras un movimiento de tierras es la protección del suelo desnudo. El impacto de la gota de lluvia y la escorrentía superficial actúan de forma inmediata, por lo que la implementación de mantas o geomantas orgánicas se vuelve indispensable.
Estos elementos, fabricados con fibras de paja, esparto, coco o mezclas mixtas, funcionan como un escudo temporal que fija los finos del suelo y protege la semilla durante su fase crítica de germinación. Al ser biodegradables, se integran con el tiempo en el ecosistema una vez que la vegetación se ha establecido con éxito.
Para aquellos escenarios donde la pendiente es más pronunciada y se requiere una resistencia a tracción superior, las mallas o redes de coco (conocidas también como geomallas orgánicas) ofrecen una estructura abierta y tejida 100% natural.
Su durabilidad sobre el terreno aumenta exponencialmente las probabilidades de una implantación vegetal robusta en condiciones donde otros materiales fallarían.
Sin embargo, la bioingeniería del paisaje a veces se enfrenta a retos que superan las capacidades de las fibras naturales. Cuando las condiciones hidráulicas o la persistencia temporal lo exigen, es necesario recurrir a soluciones de refuerzo permanente.
En estos casos, las mallas volumétricas o geomallas 3D, por ejemplo, configuran una estructura tridimensional que confina la tierra vegetal y «arma» las raíces de las plantas, creando una alfombra reforzada capaz de resistir flujos de agua intermitentes.
En la misma línea, las geoceldas permiten el confinamiento celular para recargar sustratos en taludes casi verticales o canales de drenaje, evitando el deslizamiento del material y optimizando las condiciones edáficas para la vida vegetal.

Un aspecto que a menudo preocupa a los responsables de restauración paisajística es el destino de los sedimentos generados por la erosión.
En infraestructuras lineales, la acumulación de sólidos en cunetas y calzadas genera riesgos logísticos y de accidentalidad. Aquí es donde los biorrollos de fibra de coco demuestran su valor estratégico. Estas estructuras cilíndricas, instaladas en la base de los taludes o de forma transversal, actúan como diques de filtrado que retienen los sólidos mientras permiten el paso del agua.
Junto a las barreras de sedimentos de geotextil técnico, estas soluciones son esenciales para garantizar que el impacto de la obra se mantenga bajo control.
Para el profesional a cargo de una obra, el control de la erosión no debería representar un problema añadido, sino una partida resuelta con eficiencia desde la fase de diseño. En este contexto, optar por materiales de alto rendimiento no solo reduce los costes de mantenimiento al evitar el reperfilado constante de taludes, sino que asegura la recepción de la obra al garantizar que la hidrosiembra sea exitosa al primer intento.
En Objetivo Erosionzero, con más de 30 años de experiencia en la fabricación y asistencia técnica internacional, no nos limitamos al suministro de materiales. Nuestro compromiso radica en el asesoramiento técnico para el cálculo y la búsqueda de la solución óptima, asegurando que cada proyecto cumpla con las Declaraciones de Impacto Ambiental más exigentes y se integre de forma armónica en el paisaje.
La estabilidad de un terreno es, en última instancia, el cimiento sobre el cual se asienta la viabilidad técnica y económica de una infraestructura a largo plazo.
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